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12 enero, 2013

Lectura de poesía de los aullantes.Karloz Atl


Reseña de Lectura de poesía de los Aullantes de Karloz Atl, por Carlos Santibáñez Andonegui, 28 de octubre de 2012.

 Libro creado a partir de diversas dinámicas de performance/ intervención de espacios y poesía en voz alta.(H)onda Nómada Ediciones, Portada: Valeria Carpintero, diseño: Ascención Ramírez, México, 2012.


No quiero que me pase con Karloz Atl lo que me pasó con mi amigo Mario Santiago Papasquiaro, que no lo reconocí lo suficiente en vida, a pesar de tenerlo propiamente de compañero de banca del colegio. Sobre todo porque esta vez no habrá tiempo. En esos años que quedan para que se oiga la voz de la eternidad, ahora sí lógicamente el que se irá soy yo. Por eso me urge expresar que más allá de lo que pueda decirse o pensarse, en Karloz Atl existen elementos que lo consagran ya como el poeta de una generación. Asistir al nacimiento de un poeta que permea, que cala, es un fenómeno, una forma de emoción. Dentro de él están trazos que lo llevarán lejos. Qué diferente es esto, de cómo la mayoría de las personas se lo imaginan, pues ni siquiera tiene que reflejarse en forma pareja en todo el material, es como una infección: basta con reconocer los anticuerpos, y listo. Si oímos la primera de Beethoven uno puede decir, esto es una simple banda, pero no. En ella está ya, y en ella estalla una conspiración armada de metales. Tampoco se mantiene dentro del material (ojo, estilistas de alta escuela) la misma calidad o textura uniforme. Lo comparo al nacimiento de un volcán, a los conatos que vienen cuando uno va a vomitar. Hay trazos que se yerguen con tal fuerza que uno regresa a leerlos, entre asombrado e incrédulo y, a quien se ha ido acostumbrando a catar versos, metáforas, imágenes, qué sé yo, todo este mundo que compone la poesía, le da gusto, porque con el tiempo, y esta es una de las bendiciones que trae la poesía, uno deja de ser envidioso y se detiene a oír los llamados, como voces de laúd en la distancia, reconociendo así, todo listo, todo a la mesa, a recibir a nuestra vieja amiga, ¡la poesía! ¿Me acompañan a verla un momentito con el poeta que nos ocupa? Total, no les pasa nada: “…escriban mientras rezan, mientras eyaculan./ Es posible que al final nuestra generación olvide la escritura y el sexo/ escríbanlo de ese modo/ estamos convocados por la historia para hacerlo/ somos el presente brusco no somos el futuro/ escriban en el tiempo que nos tocó vivir/ que nos tocó morir”.


La pregunta que nos hacen siempre es la misma. ¿Por dónde va el hilo conductor de lo que es poesía y qué la separa de lo que no lo es? Nos devanamos los sesos en poner tablas de categorías poéticas, hasta varían un poco con cada época, y al final, un poeta nuevo nos cachetea impunemente obligándonos a replantear nuestra tabla de categorías. Lo ha hecho ya el también poeta Jesús de la Peña en sus “XIX dientes tiene la bestia” y lo hace el que nos ocupa, contemporáneo de grupo y de generación del anterior, al postular: “Daré mis órganos escritos en papel periódico antes de que explote tu cuerpo”… y ahí va la vieja tabla a deshacerse para después rehacerse. Aun dentro del tejido estructuralista, Mukarovsky hablaba de una “estética no estructurada”, que refiere a la pura función estética no sujeta a normas o cánones estéticos prestablecidos. El poema es un todo que se monta en un complejo escenario a reproducirse fácilmente con cada nueva lectura que lo haga suyo. Hay una heterogeneidad de elementos que se dan cita, e interactúan. Cada lectura es una representación dramática que registra el lector en sí mismo. La atención es la maestra de la realidad. Lo hacemos para asumirla, como en un juego de niños que reza: “¡Atención, concentración!, poeta es aquel que se ha dejado enseñar y ahora enseña lo aprendido en un tejido de palabras donde, siguiendo a Mukarovski, “todos y cada uno de los componentes lingüísticos se hallan de alguna manera trabados, directa o indirectamente, por la mediación de tales múltiples interrelaciones, con todos y cada uno de los demás componentes.” (1) Es algo que se tiene qué decir para cumplir un designio, como el corazón late para cumplir el designio de estar vivo, y que no se podría decir de otro modo. Es algo que hay que seleccionar, primero y combinar después. El secreto es cómo hacerlo, explicarlo no es ningún secreto, lo desarrolla con bombos y platillos la penetrante tesis de Roman Jakobson según la cual “la función poética proyecta el principio de equivalencia del eje de la selección sobre el eje de la combinación” (2)  y a menudo arrastra, trae colgando un badajo humorístico. Un algo terrible que la sociedad confunde inmediatamente con la burla y que se llama ironía. Dice Karloz Atl en el poema “Ministerio de Trabajo”:

“Se ha abierto la fila de un lado,/ quien venga por falta de autoestima,/ problemas con la tiroides,/ asesinatos de familiares e incesto,/ favor de formarse/ sin más dilación firmen todas las cicatrices del tiempo en que murieron sus amigos y en la parte inferior anoten la fecha de hoy/ nuestro gobierno les adiestrará en ejecuciones de indígenas,/ especialmente a los más jóvenes/ que por qué/ porque somos el 5º. Poder Judicial,/ residimos en el ambiente y nuestro patrimonio es el aire”.

En “Valientes del cielo” nos dice: “Hay una luz seria anterior al sexo y al lenguaje,/ luz sin padres  acuática// ante este boxeo mi origen se despierta y duele,/ los ángeles atan sus botas,/ abordan un trote óseo que enternece los cristales”.

En el caso de Atl, esta combinación de elementos cuaja en dos vertientes: primero, el arte dramático. Es literalmente imposible, con Atl, que la poesía se quede ahí, pasivamente en el texto, esperando su sola transmisión vía libro, “te lo vendo-te lo compro”. Él nos demuestra que la poesía no se queda en la escritura. El poeta es esa persona que ¿saben qué?, va a salir a la calle. La poesía es vida. Deja de ser texto muerto. Habrá que incorporar a lo que somos, a lo que cantamos, nuevas tecnologías. El poema es ese muñeco del refrán que dice ¿saben qué? este muñeco se les va, a otra juguetería. Tiene que ver con poner en práctica, poner en acción, y eso lo está viviendo el mundo entero. Quienes hemos sido profesores universitarios, sabemos que los chicos ya no se resignan a una mera explicación teórica de las cosas. Quieren documentos, mínimo. Un pedimento de importación, profesor. Cosas que los hagan sentirse vivos. Una demanda real, por ejemplo, un juicio real, una prueba de verdad no inventada desde la agenda del maestro. Esto es nuevo, y esto es lo que está haciendo Karloz Atl y la nueva generación de poetas principalmente agrupados en la editorial Circo Literario y (H)onda nómada ediciones. La segunda vertiente es el tratamiento de uno de los tópicos más reconocidos en la literatura hispanoamericana de acuerdo a la definición de Enrique Anderson Imbert en su Historia de la Literatura Hispanoamericana: el tema de la muerte. Lo reflejaba así un Alí Chumacero en su “Páramo de sueños”: “Somos desolación o cruel recuerdo,/ vacío que no encuentra ni mar ni forma,/ rumor desvanecido en un duro lamento de ataúdes”. Pero los jóvenes lo están viviendo, ésta es la diferencia, no lo están inventando desde un escritorio. Se trata de la muerte, dice con toda razón Yaxkin Melchy, a partir de un punto de “no retorno”. Poetas de fuerza mayor, mexicanos la mayoría de ellos, perciben la presencia de la muerte desde la violencia actual de que son testigos y al parecer, no se irá con un sexenio, veamos qué es exactamente lo que plantea Yaxkin Melchy y en qué términos: “Es como si la oralidad y la muerte retornaran desde un lugar muy antiguo, conjuradas de manera dual con un fin específico: ayudarnos a salir de este punto de no retorno. Y si bien estos cantos han mutado hacia el poema urbano o semiurbano, aun sin ser conscientes, han conservado un carácter, dice Yaxkin Melchy, ‘sanativo’: el poema como una guía de los muertos, el poeta como un vocero de las sombras. Los poemas nos lo subrayan Mi voz cuenta, y se trata del retorno de la voz como ajuste de cuentas con la escritura, con el cadáver literario, el movimiento del Slam Poetry del que varios de los autores como Rojo Córdova, Edmeé García o Karloz Atl abrevan y reafirman como escenario poético” (3) Hasta aquí la cita.

Se trata, no de un capricho, sino del modo como una generación vive un hecho mundial, una transformación que abarca al mundo entero. En el caso de Atl, lo funda en su amplio conocimiento del fenómeno, y la colaboración con poetas que lo entienden y actúan a manera de detonadores, debiendo destacar aquí para capítulo aparte, la gestión de Viktor Ibarra Calavera. Lo mismo va para Colectivo Intransigente en Tijuana, Poesía y Trayecto, así como el esfuerzo de la editorial VersodestierrO por sacar la poesía al cuadrilátero.

Por supuesto que tal impulso renovador de nuestra poesía, parte sobre todo del norte, dado que es en Ciudad Juárez, y en Tijuana, donde se vive con total intensidad el fragor de la decepción que la juventud tiene que cantar poéticamente, porque su destino es ése. De esta manera, nos dice Lauri García Dueñas, en la introducción al volumen 2, de la antología “Somos poetas y qué”, que el grupo de autores de Tijuana trasciende “su aparente destinación fronteriza con dirección a varios arquetipos literarios, como la muerte, el amor y la ausencia.” Esta poesía contiene entre otros temas “el descreimiento hacia lo mediático… blande odas, dice García Dueñas, al agujero negro del sexo, cree que Dios es una voz en off; se regodea en el amor velado, como evocación y ausencia. Piensa y discursa. Prosea. Sus partes, su estructura líquida, (bravo por la forma en que lo dice García Dueñas) se asemejan a decenas de vientres que se buscan frente al espejo sin encontrarse del todo, pero rozándose constantemente”. (4) Nuestra autora da tres ejemplos: Alberto Paz en cuyas palabras: “¡Aún no estamos muertos!”, Mavi Robles-Castillo, quien abreva en este sueño que me persigue, y Mónica Morales Rocha, quien funda:  “Escribimos para exorcizar al miedo”. A esa lista yo sumo el idioma que estremece a Karloz Atl: “Surge un nuevo idioma compuesto por el terror de todos los siglos”.

Entonces: esto es lo que hay que entender para poder aplaudir a cabalidad al chulo de Tijuana y ciudad de México, Karloz Atl, en la dimensión que se merece en toda su complejidad. Nacido en 1988, es ya el Coordinador del Colectivo “Poesía y Trayecto”. Desarrolla su labor creativa desde la poesía, el performance, el arte acción y la intervención de espacios públicos. Actualmente investiga e imparte talleres sobre el desarrollo de la poesía-performance en el país. Lo diré de manera tajante: quien piense trascender tendrá que salir de la página. No es posible apelar a los millones y miles de millones que existen en el mundo desde el modesto “te lo vendo-te lo compro”, que define la era del libro, y sirvió para que Víctor Hugo anotara: “El libro matará al edificio”, como lema que definió en su momento la importancia de la letra impresa sobre las catedrales medievales. El libro mató al edificio, sí, pero ahora, bien lo sabemos, la perspectiva histórica clama por algo más. No serán los autores presos en las páginas muertas de un libro quienes trasciendan a la posteridad. Hace tiempo venimos asistiendo al efecto apuntado por Gerardo G. Macías H., en su libro: La poesía, un arte que agoniza: “Hay poetas que se aferran a la inmortalidad en un solo poema, podría decirse que hasta en un verso, ¡incluso en un título o en una porción de un verso!... Estos versos se publicitan a sí mismos, y de hecho no necesitamos casi inculcarlos: lo más probable es que no serán olvidados, como no requieren publicidad ni serán olvidados el “Himno a la Alegría” de Beethoven o la Pequeña Serenata Nocturna de Mozart, o el Ave María de Schubert, o Granada de Agustín Lara, o la Mona Lisa de Leonardo, o el David de Miguel Angel o el Quijote de Cervantes. Pregunta: ¿Cuál es el poema, o el verso, o siquiera la fracción de verso de Octavio Paz que la gente conoce, o que por lo menos reconoce?” (5) Tal vez en este punto podríamos contestar El Laberinto de la Soledad. Por eso dice Karloz Atl en el poema “Nacemos de la muerte”: “nuestro viaje por la vida radica en no ser la vida”… “no podemos/ nos es imposible amar…”

El canto siempre será erótico y lo erótico siempre será escuchado: “donde se coloque cada una de mis posibilidades corporales existirá un poema”… Atl actúa su temor, su miedo, de manera intraducible, hay que verlo salir de las páginas para representarlo poéticamente, representarlo sin dejar de ser poesía, en las tantas evoluciones que el aire depara a un enamorado de la vida: “acepto tu furia/ acepto”…

Algo más: quienes ya por edad o gajes del oficio hemos sido tomados “por sorpresa”, de la emoción de verdaderos poetas que estaban ante nosotros sin que lo notáramos, si somos del común de la gente, si ha podido más en nosotros el reclamo cotidiano de la señora que urge la quincena, de la pequeña que pide su cuento al anochecer, del horror de quedarse sin chamba, es decir, si no somos exactamente “de esos” poetas, corremos a prevenirlos, del modo que lo hizo conmigo un inocente señor que trabajaba en la División de Estudios Superiores de la Facultad de Filosofía y Letras cuando hice mi servicio social allá en los setentas, bajo la dirección del chileno Manuel Segundo Garrido. Habiéndolo bañado yo en una lluvia de metáforas tomadas de Unamuno, el profesor (que era historiador) se acercó y me dijo, demasiado consciente de lo que estaba diciendo como para que nunca en mi vida lo olvidara: “Poeta, lo felicito y porque lo estimo, le deseo antes que nada, ¡que toda esa energía no lo destruya!”. Hoy que veo ante mí la extraña realidad de lo que es la poesía, tan diferente a lo que se cree, por ejemplo en la persona de Mario Santiago Papasquiaro, epígono de mi generación, bajo el signo candente de los infras; lo comprendo y me escalofrío, porque Mario era un niño bueno, hay que decirlo así, en la primaria; un escolapio casi tímido y atemorizado, recatado, puntual, que cantaba con todos: “es el abanico, de mis abuelitos, el recuerdo grato de mi juventud”, que llevaba flamante la corbata del Colegio Grahame, hasta que un día empezó a cambiar, a volverse rebelde, respondón, faltista, revoltoso, porque esa es la verdad, duélale a quien le duela tal es la verdad y lo peor es que eso mismo siguió en aumento. Su osadía, su reto a las normas, los convencionalismos fue hasta involuntario, como el drama de una posesión sin curación visible. En torno suyo se hizo una verdadera mancha de aceite. Años más tarde nuestro amigo murió, envuelto en el misterio de su propia poesía. Y a la vuelta de unas décadas que es cuando la eternidad empieza a hablar, con un ritmo tan otro y una voz tan al margen de nuestra fiera velocidad cotidiana, lo ha reclamado como un auténtico poeta. ¡Qué enseñanza, qué fenómeno! No hay construcción, sin destrucción previa. No hay cosmos, si no se surge del caos. Un humilde refrán cristiano lo decía más o menos así: es Dios quien a veces te quita todo, para dártelo todo. Lo malo es que en el caso del poeta, él ya no lo ve. Díganme si no es esto, un misterio.

De tal manera que cuatro décadas después, yo me quedo viendo fijamente a los ojos de Karloz Atl como me vi en los de Mario Santiago y absolutamente consciente de la responsabilidad que tiene, del camino que ha de sortear cada poeta marcado por el signo de una generación, lo prevengo, le advierto, como el historiador que trabajaba en aquella Biblioteca de Estudios Superiores en la Facultad de Filosofía y Letras donde hice mi servicio social: “Poeta, lo felicito y porque lo estimo, le deseo antes que nada, ¡que toda esa energía no lo destruya!”.

REFERENCIAS

1.       Mukarovski citado por Juan Ferraté en: Dinámica de la poesía, ensayos de explicación(Biblioteca Breve, 281), Editorial Seix Barral, Barcelona, 1968, pp. 397 ss.
2.       Ibidem, p. 396.
3.       Yaxkin Melchy, Prólogo a la antología: Somos poetas ¿y qué?, vol.1, Director: David H. Rambo, (H)onda nómada ediciones, 2011.
4.       Lauri García Dueñas, Prólogo a la antología: Somos poetas ¿y qué?, vol. 2, Director: David H. Rambo, (H)onda nómada ediciones, 2011.
5.       Gerardo G. Macías H, La poesía, un arte que agoniza, Grupo Cultural Pegaso, Ed. Lectorum, 1998, p. 77

Karloz Atl, poeta de una generación


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